Aprendiz de McGyver. Zambia en bicicleta

Cruzando África en bicicleta

Noviembre 2019

La entrada en Lusaka es un infierno como suele pasar en las grandes ciudades. El arcén se vuelve caótico, aparece y desaparece o está lleno de agujeros. Los coches pasan muy cerca. Demasiado. A veces voy por la acera esquivando peatones y otras me salgo a alguna carretera lateral que me proporciona un rato de no tener que estar con mil ojos. Esto es muy estresante. Hay un trozo especialmente malo porque están de obras, proyecto de descongestionamiento del tráfico de Lusaka pone en los carteles, que además coincide con la entrada a un centro comercial. El caos es absoluto. Pero poco a poco me voy abriendo paso entre la jungla de hormigón hasta llegar a mi hotel. Aquí permiten acampar pero como mi tienda está rota, no me queda otra que coger una cama en un dormitorio compartido. Lo bueno es que es  como si estuviera en una habitación individual porque estoy solo. Al ir hacia la habitación me encuentro una piqueta de una tienda de campaña. ¡Justo lo que necesitaba! El camino provee.

Al día siguiente, por la mañana, desmonto las varillas de la tienda. Intento sacar el canuto roto para llevármelo de muestra a ver si encuentro algo para sustituirlo pero como le había echado pegamento no puedo. Además con los golpes, sin darme cuenta, he metido para adentro el casquillo del otro lado y tampoco lo puedo sacar. Pues nada. Me voy a buscar una ferretería y a ver que se me ocurre. Voy a un centro comercial a un par de kilómetros de aquí. He leído que hay cosas para camping. Igual hay suerte y tienen varillas. En un viaje a Escocia, también con la bici, perdí  las varillas y el amigo con el que iba se fue a una gasolinera en un pueblo pequeño perdido de la mano de dios. Y si, tenían, aunque parezca increíble. Después de este precedente, ya nada me sorprendería. La tienda se llama Game y es una especie de ferretería-supermercado. No hay varillas ni casquillos ni nada con lo que se me ocurra para arreglar las varillas. Lo que si encuentro son tiendas de campaña. Pero son muy pesadas, unos tres kilos (son de tres plazas) y lo malo es lo que abultan. Son demasiado grandes para llevarlas dentro de las alforjas o la mochila. Pero bueno, como último recurso aquí las tengo. A otros dos kilómetros de aquí tengo una ferretería de las de verdad, en otro centro comercial. Es una ferretería pero de las que hay mostrador para atenderte y casi no hay piezas cara al público para coger uno mismo. Con mi ingles imposible. Me doy una vuelta a ver si de lo poco que tienen me vale algo. Pues sí, tienen varillas roscadas que puedo meter por dentro de la varilla de la tienda para golpear el casquillo desde dentro y poder sacarlo. Me cojo la métrica más pequeña que, comparándola con la marca que me he hecho en un papel de diámetro interno del casquillo, yo creo que entra. Sigo mirando y encuentro un trozo de tubería doblado a 75 grados que me podría valer para sujetar las varillas por fuera. O sea en vez de ir sujetas por el casquillo, simplemente las metería por aquí y el tubo haría de soporte externo. La tienda no quedaría igual pero yo creo que podría valer. Además las varillas tendrían menos tensión y sería más difícil que se partiera otra. Mi gozo en un pozo. No les quedan. Intento que me den la de muestra pero no hay manera. Mirando el mapa resulta que esta no es la ferretería a la que iba así que me acerco a ver. Esta sí que es de las que te paseas y te coges tú las cosas. No consigo encontrar una pieza ni parecida a la que no tenían en la otra. Todos los tubos están a 45º. Me cojo uno recto a ver si con calor consigo doblarlo. También compro pegamento para la alforja y cinta americana que la he usado tanto que se me está acabando.

Vuelta al hotel. He acabado muy cansado de tanto pasear de un lado a otro así que antes de hacer nervios me echo una siesta. Empiezo con las varillas. Pues mal empiezo. La varilla roscada que he comprado es muy ancha y no entra para poder golpear los casquillos y sacarlos. Pufff. Cojo uno de los tornillos que he comprado para sustituir los de la bolsa del manillar y lo rosco en la varilla. ¡Bingo! Ha cogido. Con un alicate y una llave haciendo funciones de martillo consigo sacar el casquillo. No os voy a aburrir con todo el proceso de arreglado. Al final consigo dejarla de tal manera que yo creo que sí que aguantara. Y por si acaso le he metido un tubo recto por si se parte que se quede dentro y no me raje la tienda. La alforja la pego en varias veces y también queda más o menos decente. ¡Ya estoy listo para salir otra vez de aventura! Pero tendrá que esperar  porque estoy muy cansado y decido estarme un día más sin hacer nada.

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