¡¡Ehhh. Macarena!!

Cruzando África en bici.

Noviembre 2019.

La salida de Lusaka es igual o peor que la entrada y además me lloviznea un poco. La carretera ha empeorado porque el arcén está en muy mal estado. A veces hay agujeros, otras desaparece sin más, otras lleno de piedras, etc. El tráfico es pesado y hay que estar muy atento a los camiones. Este primer día no ha sido nada agradable. Por lo menos encuentro un buen sito para plantar la tienda. Hoy será la prueba de fuego. ¿Aguantará? Al sacar las cosas veo que lo que no ha aguantado ha sido la alforja. Ese pegamento de 6 euros no me ha valido para nada. La otra lo pegue con uno de 50 céntimos y de momento aguanta. Lo que son las cosas. La intento coser pero el hilo que llevo no tiene resistencia y se rompe enseguida. Por lo menos el trozo que he conseguido coser no ira a más.

Aguantó. Ya veremos hasta cuándo. La carretera sigue igual de mala pero el paisaje ha mejorado un montón. Está todo muy verde y ya se empiezan a vislumbrar las montañas. De vez en cuando viene alguna subida intensa. Menos mal que son cortas. Aquí no saben lo que son las curvas y la carretera atraviesa las colinas totalmente recta lo que le da una pendiente muy fuerte. De vez en cuando los críos se ponen a correr a mi lado hasta que se cansan. Esta parte del país es muy diferente a la del oeste de Lusaka. Hay menos pueblos grandes y la carretera esta mucho peor. Me da la impresión de que es una zona más pobre. La gente sí que es la misma, me sigue saludando con una sonrisa al pasar.
Como ya me estoy quedando sin agua me paro en la primera bomba de agua que veo. Casi todas o todas aldeas, no lo sé con seguridad. Empiezo a bombear pero no sale nada. ¡Qué suerte! La primera vez que lo intento y nada. La siguiente pruebo en una que está enfrente de un colegio y allí sí que hay gente sacando agua. Facilísimo. Ellos la beben directamente pero yo no me atrevo que nuestros estómagos no son como los de ellos, que no los tenemos acostumbraos. Lo que hago es filtrarla. Además el agua que he sacado no tiene muy buen color pero se le va al pasarla por el filtro. Mientras estoy sacando agua me da un apretón de esos que te ponen la carne de gallina. Cojo la bici y me voy empujándola corriendo hasta el asfalto. Al irme a subir me doy cuenta que tengo la rueda totalmente desinflada. ¡Noooo! ¡Ahora no! ¿Qué hago? Que me voy por las patas abajo. Corriendo la inflo, y espero que aguante por lo menos un kilómetro y a toda prisa salgo del pueblo. En cuanto puedo me meto entre unos arbustos. Hay una casa cerca pero creo que no me ven. ¡Uff, que alivio!

Estos días ya estoy disfrutando del pedaleo. En Botswana cada pocos kilómetros miraba lo que llevaba y no subía nada. Y no hacía más que parar y se hacían eternos. Desde que deje Lusaka se me pasan volando. Hoy llevo 34 kilómetros y aún no he parado. En Botswana ya me habría echado hasta una siesta. El cielo está muy negro y empieza a llover y a tronar. No cae muy fuete pero no pinta nada bien. Veo una iglesia y me voy a refugiar allí. Viene una mujer a abrirme la iglesia pero le digo que no hace falta. El porche es muy grande y puedo meter allí hasta la bici y la lluvia no cae fuerte. Enseguida se van acercando los niños de la aldea, al principio tímidamente. Les hago un gesto de perseguirlos y se echan todos a correr. No se atreven a acercarse mucho. Así estamos un rato. Luego se ponen a imitarme y lo que hago es enseñarles a bailar la Macarena estilo el Rafa. Nos reímos bastante pero es como si me tuvieran un poco de miedo. No hay manera de acercarme a ellos y en cuanto lo intento se echan a correr pero enseguida vuelven. Los más pequeños se pegan buenos tozolones. Casi me da miedo que se hagan daño. Entre canción y baile seguimos jugando a perseguirlos. Al final consigo que se acerquen y nos hacemos unas fotos graciosas, poniendo caras raras, sacando la lengua etc. También jugamos a piedra, papel o tijera que creo que es un juego universal en todo el mundo. Y así entre juego y juego paso la tarde. Una vez me señala uno la cabeza como preguntando ¿Dónde está el pelo? Le hago gestos con el dedo de que no y me encojo de hombros. Luego les enseño la tripa llena de pelos. La cara que ponen es para verla. Están flipados. Al principio pensaba partir cuando parara de llover pero como me lo estoy pasando genial le pregunto a una mujer si puedo dormir allí y me dice que sin problemas. De hecho me abre la iglesia para que duerma dentro y me da la llave para que me cierre por seguridad. Monto la tienda dentro de la iglesia sin el doble techo, solo por si hay mosquitos. La malaria está muy extendida en Zambia y es un problema grave que tienen.

A la mañana siguiente ya tengo a tres críos en la puerta de la iglesia a las seis y media de la mañana. Ayer tuve problemillas con la rueda delantera. Debe tener algún pinchazo pequeño. Se lo arreglo y justo antes de salir está en el suelo otra vez. Desmonto todo y saco otra cámara que esa es de válvula fina y no se hincha bien con la bomba que llevo y me tiene un poco harto. Reviso la que le voy a poner porque creo que tiene un pinchazo. Pues no, tiene cuatro. En la rueda no noto ningún picho a pesar de revisarla varias veces. Han venido por aquí casi todos los críos antes de irse a la escuela, todos con su uniforme. Solo quedan los más pequeños. Una de ellas lleva encima a otro niño que tendrá pocos meses. Los padres se van a trabajar y a ellos les toca cuidarlo. Cuando me voy todos me gritan: “¡Macarena!” Les ha gustado la canción, que no me lo dicen como si fuera mi nombre porque ayer se lo aprendieron. Me lo he pasado genial. Ya necesitaba algo así.

Enseguida llevo la rueda floja. Pues no me apetece arreglarla por lo que la voy hinchando cada diez kilómetros más o menos. Estoy harto ya. Hoy ha venido el primer puerto desde que empecé la travesía por África. Es bastante empinado aunque no muy largo, no pasa de los cuatro kilómetros,  pero hay trozos que me ponen a prueba. Después de subir el puerto amenaza tormenta. Llevo pocos kilómetros, unos cuarenta pero hay un buen sitio para acampar, el cielo está muy negro y no tengo ninguna prisa así que no me lo pienso mucho. Total que después de tener la bici medio desmontada oigo unos ruidos y es que tengo una casa detrás  que no había visto. Podría pedir permiso pero no me apetece. Recojo todo y me voy un poco más delante de la carretera. Las vistas de las montañas de alrededor son muy buenas y si no fuera por las puñeteras moscas las podría disfrutar bastante. Vuelvo a arreglar la rueda. Esta vez sí que encuentro el pincho. Aleluya. Al día siguiente, no sé porque no me encuentro muy motivado, y aunque la etapa es mayormente de bajada, me canso bastante. Vuelvo a pinchar. No me lo puedo creer. Esta vez se ha roto por la parte que sale la válvula. Esto no tiene arreglo, por lo que le tengo que poner la que me queda que ni siquiera sé si esta pinchada o no. Hoy paro en un hotel que me cuesta 5 euros. Necesito lavar la ropa que me huele bastante y a ser posible también cargar el ordenador y las baterías. Y aunque no os lo creáis vuelvo a tener la rueda delantera en el suelo. Esto es desesperante.

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