En una remota aldea de África…Zambia en bicicleta

Cruzando África en bicicleta.

noviembre 2019.

La rueda no lleva ningún pincho. El problema es que hay tres parches juntos y lleva el pinchazo encima de uno de ellos. Por mucho que lo intento tapar con parches grandes, pequeños etc, al final me acaba fugando. Me suele pasar cuando pillo algún borde de arcén con el filo de la rueda. Vuelvo a intentar taparlo y como siempre recién puesto no me fuga nada de aire. Compruebo la otra que tengo de válvula fina. Le encuentro tres pequeños pinchazos casi juntos. Eso es aprovechar bien el pincho. A ver si ya va la vencida.

Esta parte de Zambia no tiene nada que ver con la de antes de Lusaka. Es más montañosa, no hay casi puestos de frutas y hortalizas y lo que más me fastidia es que me piden a todas horas. Que si comida, que si dinero, que si un boli, tanto adultos como niños. En esta parte cada vez que me ven gritan repetidamente: How are you? Pero lo repiten cientos de veces. Paro a comprar agua, que ya voy escaso y una bebida energética y le pregunto al tendero por una bomba de agua en la aldea. Deja el chiringuito y me acompaña hasta la bomba que aún está lejos.  Hay unas peques allí sacando agua y me ayudan dándole a la bomba. Como no me han pedido nada les doy unos caramelos.

Son las cuatro de la tarde y está empezando a llover. Voy a tener que buscar refugio rápido. En ello estoy cuando salen unos críos a la carretera y una chica más mayor y me dicen que me quede a dormir allí. No me lo pienso que es una oportunidad de conocer sus costumbres y como viven. Están todas las mujeres y los críos en una estructura redonda con un techo de paja. No tiene paredes solo unos maderos para sujetar el techado. En medio hay una pequeña hoguera que agradezco porque con la lluvia me había quedado frío. Unos perros están tendidos al lado de ella. La chica me dice que es su familia. Es muy acogedor.
Al principio estoy un poco tenso porque no sé de qué hablar en inglés. Me preguntan lo típico, que a donde voy, de donde soy, Si estoy casado, si tengo hijos. Cuando les digo que no se sorprenden. Allí la que menos tiene son cinco. Y eso con treinta y pocos años. Ellos hablan el idioma njanja  del que por supuesto no sé una palabra. No hacen más que decir todo el rato algo de mzungu. Mzungu o azungu significa hombre blanco. Me miran y se ríen. Todas mujeres y un mzungu allí, me puedo imaginar de qué van las bromas. Estoy bastante cortado. Menos mal que hay un montón de niños y yo con los peques enseguida hago buenas migas y nos ponemos a jugar. En el momento que saco la cámara de fotos se monta la revolución. Prácticamente se me echan encima y casi no puedo ni hacer fotos. Al final les dejo la cámara que se supone que aguanta golpes de hasta dos metros y que hagan todas las fotos que quieran. Consigo que me canten una canción típica de allí. ¡A cambio bailamos la Macarena!
Una de las cosas que me llama la atención en todo el país es la libertad que les dan a los niños que choca con el sobre proteccionismo que les damos nosotros. Veo a  algunos, que no tendrán más de cinco o seis años, andando solos o con otros de edad parecida por la carretera para ir a la escuela a la que a veces la tienen a varios kilómetros para llegar a ella. En España haces eso y te quitan la custodia.  Aquí donde estoy hay alguno muy pequeño y están alrededor del fuego jugando como si nada. Un de las mujeres coge a uno y lo sube a un murete de metro y medio para hacerle una foto. Pues tiene una caída guapa. Puntos de vista diferentes. Yo creo que tan malo es una cosa como la otra. Me quedo con la intermedia.

Cuando se hace de noche calientan agua en el fuego y me preparan una palangana para que me pueda duchar con agua caliente. Para cenar tenemos nsima, que es una comida típica de aquí hecha de harina de maíz, acompañada de verduras. Me acercan una palangana con agua y me la echan con una taza a las manos para lavármelas, luego me sirven una bandeja con la comida. Solo la tengo yo. No sé las costumbres de aquí y no sé si esperar o empezar. Al final me decido por empezar. Hasta que no acabo yo de comer no empiezan los demás. Sera la costumbre aquí cuando se tiene un invitado. No lo sé. Menos mal que yo como rápido. A las ocho de la tarde nos vamos a dormir. Estoy debajo de un mango o como se llame el árbol que da el fruto del mango. No hacen más que caer durante toda la noche. Parece un bombardeo. Yo creo que como te pille la cabeza te puede hacer daño. A las cinco de la mañana ya está todo el mundo de pie dando gritos. ¡Pues sí que madrugan aquí! Pues nada yo también. Recojo todo, les agradezco la invitación y continuo mi camino en post de las siguientes aventuras.

Por fin parece que la rueda está bien. Hoy no me encuentro con muchas fuerzas. Esto de madrugar no me sienta bien. El día transcurre tranquilo. Hago varias paradas a descansar porque habiendo madrugado tanto me sobran muchas horas. Por la tarde llueve fuerte y no tengo donde refugiarme por lo que acabo empapado. Encuentro un sitio para acampar pero no hay internet y lo necesitaría a ver si puedo restablecer el reloj que se ha quedado colgado. Sigo pensando que pasado el pueblo que tengo aquí mismo habría más sitios. Error. En más de diez kilómetros y no he encontrado un sitio que no hubiera casas. Total que al final llego a Nymbu que es un pueblo bastante grande. Me agobio un montón. Hay muchísima gente, ruido, coches, etc. No sé qué hacer porque son las cinco de la tarde y no sé hasta donde se extiende el pueblo y si luego habrá algún sitio para poder esconderme a acampar. Al final paso al lado de un lodge que pone campsite y pregunto a ver. Me cuesta barato así que aquí me quedo.

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