Adiós Zambia. En bicicleta por Zambia

Cruzando África en bici.

Diciembre 2019.

Los tonos ocres de las colinas que salpican el paisaje se van acabando. Pronto vuelvo al verde de siempre. Aquí no se si hay otoño como tal pero los coloridos arboles estaban preciosos. Las montañas van dando paso al terreno más llano donde las subidas vuelven a ser cortas pero intensas. Las chozas de barro se asoman entre los árboles y al grito de “¡Azungu!” los pequeños salen corriendo a saludar. Tienen una especie de radar para detectar azungus sino no me lo explico. Salen corriendo de todas direcciones y parece que me estuvieran esperando. Ya he encontrado la manera de cortar un poco el “how are you” súper repetido. En vez de decirles “fine” (bien) les levanto el pulgar hacia arriba. Muchas veces con eso basta para que no sigan repitiéndolo. Yo creo que es que no entienden lo de “fine”. Muchas veces solo oigo gritos y no llego a ver de dónde vienen. De todas maneras yo contesto siempre que seguro que a los críos les hace ilusión. A los adultos les digo mudibuanji que es buenos días, a lo que contestan buinobuanji. Me ha costado aprenderme la palabreja. Me la enseñaron el otro día en la aldea. Aquí saluda casi todo el mundo y si no les saludo yo. A veces me hacen gestos para que vaya pero no me apetece perder el ritmo. Y solo para responder a las mismas preguntas de siempre. A veces me encuentro con algún grupo de críos que se ponen a correr detrás de mí hasta que se cansan. Vamos, que estoy entretenido. Lo malo es que a veces, porque estoy cansado o porque es la primera hora de pedaleo, no me apetece nada estar saludando a todo el mundo y más cuando es un no parar. Pero bueno aun así lo hago.

Como a mí no me gusta el café lo que hago es tomarme una bebida energética que venden en casi todos lados. Hay dos marcas: la kung fu y la wildcat. Así me despejo y me da energía que lo noto bastante. Las tiendas suelen ser casas de cemento en los que pone groceria, dealer o market. A la mayoría no les vendría nada mal una mano de pintura porque las fachadas están muy sucias. Algunas tienen una ventana con reja y se compra por allí, en otras entras dentro al mostrador. Con suerte tienen nevera y la bebida está fresca. Suelen tener productos básicos. Nada del otro mundo. Bebidas, galletas, arroz, algún producto de limpieza, etc. No hay mucho para escoger. Solo en poblaciones muy grandes hay buenos supermercados con variedad.
Las casas de las aldeas son de varios tipos. La más común es una choza redonda de barro con el tejado de paja. También hay casas de ladrillo, algunas lavadas con cemento y otras a caravista con el tejado de chapa. En los pueblos grandes es más común el cemento.


Me he encontrado con un pueblo que se llama Minga y al día siguiente con otro que se llama pilila. Yo creo que algún español graciosete ha estado poniendo los nombre a los pueblos de por aquí, jejeje. Las colinas han desaparecido del paisaje. Ahora lo que encuentro son enormes bloques de piedra sobresaliendo como granos en el paisaje. Me acerco a ver uno con la intención de quedarme a dormir a sus pies. Para ello tengo que cruzar una aldea. Seguro que se preguntan a donde irá este azungu. La aldea es muy bonita. Las chozas tienen un color ocre que contrasta con el paisaje. No sé si me estoy metiendo por sitios particulares o no. Pero vamos, que nadie me dice nada a parte de mudibuanji. Hay multitud de senderos en todas las direcciones. Como tengo la referencia de la montaña lo que hago es ir siguiendo uno hasta que parece que se desvía y entonces me cambio a otro siempre manteniendo la dirección. Ya veremos para salir porque entrar es fácil por la referencia de la montaña pero salir… Me encuentro con cuatro críos que llevan un rebaño de vacas. Dejan a los dos más pequeños con las vacas y los otros vienen conmigo a hacerme de guía. Después de explorar la montaña busco un sitio para plantar la tienda. A ver si se van con las vacas y me quedo solo. Pues no, no solo no se van si no que aparecen un montón de críos más. No les hago caso a ver si se van, pero no, ellos son insistentes. No puedo ni mear. Después de mucho rato cojo la bici y me voy a buscar otro sitio. Al final salir ha sido bastante fácil sobre todo porque tenía detrás a una docena de críos a los que preguntarles. A los cinco kilómetros encuentro un buen sitio en el que, cosa rara, no veo a nadie en lo que queda de día. Lo normal, por mucho que piense que estoy muy bien escondido, es que alguien pase por donde esté.


Me he parado a comprar y la que se ha liado en un momento. Han debido venir todos los críos del pueblo. Ha estado entretenido. Otra vez paso por un sitio que igual había treinta o cuarenta. Pienso: ya verás la que se lía. En cuanto me ve el primero los gritos son ensordecedores. Vienen corriendo de todas direcciones. Llega un momento que me rodean y casi me tiran de la bici y justo en ese momento pasan varios camiones y coches. Me he asustado un poco porque alguno ha pasado cerca y se podía haber llevado a algún crio por delante, que estos no miraban si venían coches o no.

Al rico gusano


Estoy a solo cien kilómetros de la frontera con Malawi. Quería descansar un día en Chipata que está al lado de la frontera pero mis músculos han dicho basta por lo que me quedare en Katete un día sin hacer nada para recuperarme. Llevo ya tres días con aire fuerte en contra y lo he notado demasiado. Nada más entrar a Katete sorpresa: ¡un carril bici en muy buen estado! De hecho parece nuevo. Voy a dormir a una comunidad que tienen habitaciones y se puede poner la tienda. Les pregunto por el precio de las habitaciones y del camping. El camping son 6 dólares y la habitación doce.
-Acamparé pues
-Las duchas están en muy mal estado- me contesta
Aun así yo insisto. Me lleva por el sitio hasta una casa, que yo imagino que será para enseñarme las duchas. Pues no. Me mete a una habitación que hay una señora mayor que parece alemana y después de hablar un rato entre ellas me dice que me deja la habitación al mismo precio que el camping. Me ha preguntado si iba en moto o en bici y ha sido cuando le he dicho que en bici cuando me lo ha ofrecido. ¡Genial! Creo que es la primera vez en tres meses que tengo baño privado en el cuarto.
En dos días llego a Chipata que es la última población importante antes de la frontera de Malawi. A seis kilómetros del hotel se pone a llover fuerte. Menos mal que hay una tienda de alimentación con porche y me refugio allí. En Chipata no hago nada más que descansar. Me pedían 150 kwachas por la habitación compartida pero es muy caro para mí y le digo que voy a acampar. Al final me la rebaja a 120. Es habitación compartida pero no hay nadie así que para mí toda. Les gusta poner la música a tope. El segundo día hay una boda o algo así y retumban hasta las paredes. Menos mal que a las doce la apagan. Sin más me voy a la frontera. Para salir de Zambia súper fácil. En un minuto me ha sellado el pasaporte y estoy fuera. Adiós Zambia. Recordare la sonrisa de la gente.

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