Otra vez a boxes. África en bici. Malawi

Cruzando África en bicicleta.

diciembre 2019.

El día amanece soleado. El paisaje es muy bonito y agradable para ir en bici. Los arboles salpican el paisaje saliendo de entre las plantaciones de tabaco. El contraste entre los caminos rojizos y el verde de la hierba es una maravilla a los ojos. Y aquí tengo una tranquilidad que no tenía en Zambia, aunque por otro lado echo de menos que aquí casi nadie me saluda. No sé si es por la sorpresa de ver a un blanco por estos caminos. Los niños ya no salen corriendo a saludar, de hecho hay alguno que me mira con miedo y la mayoría con cara de flipar. Les hago saludos con la mano pero no me responden. Y hay muchos adultos que tampoco. Yo creo que para algún niño es el primer hombre blanco que ven. El camino está un poco peor que ayer pero por el momento esta transitable. Yo pensaba que con todo que llovió anoche estaría lleno de barro pero me equivocaba. Acostumbrado a los caminos de Namibia que no había nada en cientos de kilómetros me he aprovisionado bien de comida y agua. No hacía falta. Aunque no salen nombradas en el mapa, aquí hay aldeas cada dos por tres. Algunas son bastante grandes. La mayoría de las casas son cuadradas de ladrillo vista. Y hay muchas tiendas. Yo había leído que Malawi es muy pobre y que haba problemas de suministro en las tiendas pero son parecidas a las de Zambia.

Después de una parada a comprar plátanos, al arrancar, oigo un crack. ¿Qué habrá pasado? En principio parece que está todo bien pero en cuanto doy un par de pedaladas parece como si hubiera perdido tracción. Me bajo, lo miro, y descubro que los piñones giran locos. ¡Que oportunos! Aquí en el África profunda después de 20 kilómetros por unos caminos en los que no pasan coches para poder parar uno que me lleve. Sigo con mi mala suerte. ¡No me lo puedo creer! Hace 300 metros he parado en un sitio para que me hincharan la rueda porque en la delantera llevo válvula fina y mi bomba no la hincha nada bien. Pero es que me ha resultado imposible encontrar de válvula gruesa. Voy a volver andando a ver si también reparan bicicletas. Pues sí, tengo suerte. Y además no me había fijado antes pero detrás de los que reparan hay dos tiendas de repuestos de bicicletas. ¡No todo iba a ser mala suerte! Le pregunto y me dice que sí que me lo puede arreglar. Me desmonta todo el eje y los piñones y zarcea por ahí. Al  montar me pone rodamientos nuevos. ¡Todo por 60 céntimos de euro! Juhuruu, dentro de lo malo he tenido fácil solución. No os podéis imaginar la cantidad de gente que se ha reunido a nuestro alrededor para ver cómo me arreglaban la bici y para verme a mí, claro. He hecho una foto y luego contando a la gente me salen ¡41 personas ni más ni menos!

Sigo mi camino. Paso por otra aldea a unos cinco kilómetros y por un momento me he perdido un poco. Parece que me he pasado un cruce. Me preguntan los locales que donde voy y me mandan todo recto. Puf, según el google maps por ahí no hay salida. Pero en fin, les hago caso que para eso viven allí. A nada de arrancar otra vez los piñones locos. ¡No, otra vez no! Me los han arreglado mal. Hay unos chavales por ahí y les pregunto si en esta aldea, que es mucho más pequeña que la otra, hay alguien que repare bicis. Me acompaña un chaval hasta un porche en el que están al tema. Dice que me lo arregla. Este lo único que hace es meterle unos buenos golpes a la tuerca de los piñones. No me convence nada. Ya parece que agarran y lo damos por bueno. Me cobra lo mismo que el otro aunque este no ha hecho casi nada. Ahora la rueda me hace un ruido que no me gusta un pelo. Pero bueno, mientras lo piñones agarren… pues no. Al poco de arrancar otra vez mal. Vuelta hacia atrás. Creo que todo el mundo que me ve pasar por tercera vez se pregunta que donde va el azungu este. Por un momento me vuelven a agarrar y me monto con intención de ir a la carretera y de allí a Lilongue porque si no aguanta, en la carreta puedo coger un autobús que me lleve a la capital. Me encuentro con el chaval que me ha llevado hasta el que me la ha “arreglado”. Me dice que me acompaña a otro sitio mejor. Pasamos por su casa para que coja una mochila y vamos hasta la aldea en la que me lo arreglaron la primera vez. Se llama John. Muy majo Que me acompaña todo el camino y al llegar a la aldea habla con el hombre que me la arreglo allí. Menos mal que han agarrado los piñones porque eran cinco kilómetros. Me fallan justo al poco de entrar a la aldea. Total que el mecánico dice que antes solo me ha hecho un apaño que para arreglarlo bien hay que cambiara los piñones. Le digo que adelante. No me queda otra. Necesito arreglarla sí o sí. Hace falta que tengan repuesto en las tiendas. En la primera nada. En la segunda hay más suerte. Tienen unos piñones y un eje para acoplarlos. John me regatea el precio. Quiere que me lo bajen a 4500 kwachas  (5,6 euros) pero no consigue que bajen de 4800. Treinta céntimos más, que a mí me dan igual, evidentemente. Aun así algo lo ha bajado de lo que me pedía inicialmente. Lo dejamos trabajando y nos vamos a una tienda a comprar algo de beber. Le invito a un kung fu. Aquí siguen teniendo la misma bebida energética que en Zambia. Nos sentamos en el mostrador de la tienda a bebérnoslo. Al rato el dependiente saca un plato con arroz, tortilla y patatas y me dice que me invita. Nos lo comemos entre los tres. Y que bien me ha entrado con el hambre que tenía.

Ahora sí que sí. A la tercera va la vencida. Ya estaba yo haciendo planes por si no iba el arreglo. La verdad es que he visto peligrar la continuidad del viaje por África porque comprarme otra no era una opción que me apeteciera mucho. La idea que llevo es dejar esta en Tanzania y comprarme otra cuando vaya a Sudamérica porque cobran unos cien euros por llevarla en el avión. Y si me compro una ahora, luego tengo que sumarle esos cien euros de avión más las molestias de tener que embalarla y llevar un bulto enorme al aeropuerto. Vamos, que no era una opción apetecible.
Volvemos a su aldea y allí nos despedimos. Yo sigo camino al rio, que por cierto no hay puentes para cruzar. Hay que cruzarlo en barca. En principio me han dicho que no tendré problemas. Pero bueno, esa historia para mañana que hoy he acampado pronto y no he llegado porque con tanto estrés  voy matado.

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