¿Y ahora donde acampo? Colombia en bici

Sudamérica en bicicleta,

Febrero 2020.

Por fin me pongo en marcha. Monto todo en el portaequipajes trasero y me doy cuenta que necesito si o si unas parrillas delanteras. Atrás va todo muy amontonado. El termo, la cubierta de repuesto, la silla y una botella de agua van sujetos con los pulpos y me parece que alguna de esas cosas no tardará en caerse. Me hago unas fotos a la puerta del hostal y allí voy. ¡Comienza la aventura en Sudamérica! Entre que estoy acostumbrado a la de 26´ y que este manillar es mucho más ancho que el de la otra bici, se me hace enorme. Parece que esté llevando una Harley. Al principio me cuesta un poco dominarla. Se me va el manillar de lado a lado. Empiezo por un carril bici pero enseguida se me acaba por lo que de allí me voy a la vía principal que me sacará de la ciudad. El tráfico es muy intenso y peligroso. Voy alternando el ir por la calzada a ir por la acera. Lo malo de ir por la acera, aparte de esquivar a los peatones, es que cada vez que se cruza una calle hay un pequeño escalón que con el peso que llevo atrás se nota mucho. De vez en cuando aparece un carril bici. Las calles están llenas de puestos de comida y bebida. Me compro dos empanadillas por solo 30 céntimos. Hay que coger fuerzas.

Para ir a la tienda donde me venden las alforjas tengo que dar una vuelta de doce kilómetros. No me queda otra. Cuando estoy cerca me cruzo con un joven que me pregunta si voy a la tienda.
-Si- le contesto
-Espera que le llamo para que se asome a la esquina- me dice sacando el móvil.
Enseguida se asoma un chaval por la esquina y me voy hasta allí. Allí está Fabian, que es el que hace las parrillas y alforjas, su hermano, y otro mozo más, todos ellos cicloturistas. Tienen una pared llena de fotos de viajes en bici. Me hace quitar todo de la bici para ponerme la parrilla. Le comento que tengo las alforjas rotas y se ofrece a arreglármelas gratis. Le digo que me arregle la que peor llevo, que si no se va a hacer muy tarde y no me daría tiempo a salir de la ciudad y lo último que quiero es que se me haga de noche en pleno Bogotá. Mientras el coloca la parrilla yo me voy quitando el pegamento que le eché a la alforja. Tengo que rascar con la navaja a base de bien. Quita los remaches para quitar el plástico duro y poder arreglarla mejor. Al quitarlos vemos que tengo todo el lateral despegado. ¡Con razón se me metía agua! Me la deja como nueva. Me enseña las alforjas que el fabrica artesanalmente y tienen muy buena pinta. Se ven muy sólidas y de calidad. Por ejemplo la parte que va pegada es el doble de ancha que las que llevo. Le compro una alforja delantera porque necesito meter el termo, que ya se me ha caído una vez, y también por llevar ropa de abrigo a mano. Me ofrece otra de segunda mano a buen precio que aunque esta con algún agujero, le pone unos parches y apañado.  La tienda se llama Fabian alforjas y parrillas Bogotá. El trato inmejorable y la calidad de sus productos igual.

Continúo por la ciudad hasta un cruce que tengo que tomar. Al poco la carretera se pone bastante peor. Muchísimo tráfico y mucha contaminación. Así unos cuantos kilómetros hasta coger un cruce que me lleva por una carretera comarcal. Me paro a comer y me pido un pollo entero con patatas asadas. El dependiente se queda flipado de que me lo haya comido entero.
-Que he pasado mucha hambre- le digo.
Poco a poco va habiendo menos tráfico y empezamos con las subidas. Al principio las llevo bien. Se nota que tengo más desarrollos. Hay alguna rampa bastante fuerte en la que me tengo que bajar a empujar. La idea es llegar a unas lagunas donde parece que hay sitio para acampar. Pronto empiezan las subidas y lo que parecían 20 kilómetros fáciles se convierten en un infierno. Parece que no me he aclimatado bien a la altitud. Yo pensaba que después de cuatro días en Bogotá que está a 2600 metros, me habría aclimatado, pero no. Tengo 500 metros de subida hasta la laguna. Al principio aun va la cosa pero pronto me empieza a faltar el aire. Voy muy despacio y tengo que hacer frecuentes paradas a coger aliento. He salido de la tienda de Fabian sobre las dos de la tarde y el tiempo va pasando muy aprisa. Pronto me queda claro que no voy a llegar. Hay un embalse más cerca y voy a probar allí a ver que tal. Al rato me doy cuenta que va a ser casi imposible llegar de día. Voy muerto y me quedan aún cinco kilómetros. Ya estoy todo el rato empujando la bici. Lo malo es que absolutamente todo está vallado y no hay sitio para meterme.  Llevo las piernas cargadísimos y la respiración muy agitada. El sol se va poniendo y cada vez veo menos. Altos pinos flanquean la carretera y me quitan la poca luz que me va llegando. La linterna la tengo sin pilas y una batería externa que tiene una buena linterna incorporada la tengo metida en el equipaje de atrás. Me tengo que iluminar con la linterna del móvil. Imaginar lo que se ve con esa linterna. Cuando viene alguna cuesta abajo tengo que ir muy despacio porque no veo nada. Llego a un pueblo y pregunto a un par de personas si hay algún hotel o algún sitio donde pueda poner la tienda de campaña. Me dicen que no. Paso por un colegio y hay un guarda dentro. Llamo y sale una chica que me dice que no tienen autorización para dejarme dormir allí. ¿¡Qué hago!? Es noche cerrada y no veo nada. Miro el móvil y observo que el embalse está cerca. Me voy hasta el cruce que me lleva hasta allí y resulta que hay una verja con un candado y un cartel que pone: prohibido el paso a personal no autorizado. Desastre total. Sigo por la carretera empujando la bici y con el móvil en la mano. No tengo ni idea de dónde dormir pues como he dicho antes todo, absolutamente todo está vallado. Encuentro una pequeña explanada al lado de la carretera y me planteo dormir allí sin plantar la tienda. Lo mal de este sitio es que me ve todo el mundo que pasa por la carretera. Y además la humedad es altísima y me levantaría con el saco empapado por lo que lo descarto. Hace un frío del carajo. Y no tengo mucha ropa de abrigo a mano. Al final decido seguir andando por la carretera y a ver qué pasa. Al poco de echar a andar veo un caminillo que no tiene valla. Lo sigo y encuentro un sitio buenísimo para dormir. Casi no me lo creo. Y no sé cómo lo he visto pues estaba al otro lado de la carretera y la luz del móvil no alumbra casi. Monto la tienda rápidamente y me meto al saco calentico. Estoy cansadísimo.

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