Sudamérica en bicicleta.

Febrero 2020.

En Pasca vuelve el asfalto y todavía tengo dos mil metros de desnivel de bajada. Esto es una gozada. Cuarenta y cinco kilómetros sin darle a los pedales mas todos los de ayer. Llevo los frenos al dente. Y el paisaje acompaña. Voy atravesando valles y montañas llenas de vegetación. Después de las peladas cumbres del páramo, vuelven otra vez los árboles. Después de la ciudad de Fusa la carretera se desdobla en dos carriles con un buen arcén. Y menos mal, porque el tráfico es importante. El arcén solo desaparece durante varios kilómetros al cruzar un angosto y estético cañón. En mitad hay una roca que sobresale de la pared que le llaman la nariz del diablo por su parecido a la misma. Lo del diablo no sé porque le vendrá. No me cuesta mucho llegar a Melgar, una ciudad muy turística. Me dicen que hay más de 170 hoteles. Lo malo es que los precios son muy altos. Un hombre de los que están en la calle para atraer clientes me pregunta. Le digo que no me puedo gastar más de 30000 pesos. Me acompaña a un hotel que cree que es barato pero se pasa de mi presupuesto. Le pregunto si hay algún camping y entonces hace una llamada a ver si puedo acampar en uno. No le cogen el teléfono pero le dice a otro mozo que me acompañe al sitio. Allí sí que puedo acampar aunque el sitio no está muy allá. Ayer por el mismo precio dormí en un buen hotel, pero aquí, con lo turístico que es esto, me voy a tener que conformar. La temperatura ha subido hasta el infinito y más allá. Más de 40 grados me marca el termómetro. Y yo que creía que ya había dejado atrás los calores extremos.

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Sudamérica en bicicleta,

Febrero 2020.

Hoy tengo el día duro, me toca subir unos 1300 metros de desnivel. Pronto me doy cuenta que eso va a ser imposible. Además tengo que atravesar un parque nacional en el que está prohibido acampar y tiene unos 35 kilómetros de largo. Primero subo ochocientos metros hasta la entrada del parque, luego hay quinientos metros de bajada y por ultimo otros quinientos de subida. En cuanto me pongo a pedalear me falta el aire y noto las piernas como si se hincharan y me duelen bastante. Ayer no hice más que subir y ahora mis piernas se están quejando y si a eso le sumamos la altitud pues mal lo llevo. Pronto me bajo de la bici a empujar. Voy alternando el empujar con algún rato pedaleando cuando la pendiente baja un poco. Conforme voy ganando altitud más me cuesta pedalear hasta que al final lo único que hago es empujar la bici. Aun empujar la bici me cuesta. Tengo que hacer frecuentes paradas. Cada vez descanso más y avanzo menos. Llega un momento que no ando ni 50 metros antes de parar. Voy muy despacio y el desnivel parece no disminuir. Por lo menos voy disfrutando del paisaje que es muy bonito. Poco a poco se van viendo menos árboles y más vegetación propia del páramo. Cuando me quedan doscientos metros de desnivel para llegar arriba a la entrada del parque nacional de Sumapaz veo un sitio perfecto para acampar. Escondido y al lado de un río para poder lavarme. Me hubiera gustado llegar más alto pero luego no sé si podre plantar la tienda así que por si acaso aquí me quedo. En cuanto se va el sol la temperatura cae en picado. Por la noche llego a los cuatro bajo cero dentro de la tienda. Me despierto a mitad de la noche con un poco de frío, me pongo el forro polar y apañado.

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Sudamérica en bicicleta,

Febrero 2020.

Por fin me pongo en marcha. Monto todo en el portaequipajes trasero y me doy cuenta que necesito si o si unas parrillas delanteras. Atrás va todo muy amontonado. El termo, la cubierta de repuesto, la silla y una botella de agua van sujetos con los pulpos y me parece que alguna de esas cosas no tardará en caerse. Me hago unas fotos a la puerta del hostal y allí voy. ¡Comienza la aventura en Sudamérica! Entre que estoy acostumbrado a la de 26´ y que este manillar es mucho más ancho que el de la otra bici, se me hace enorme. Parece que esté llevando una Harley. Al principio me cuesta un poco dominarla. Se me va el manillar de lado a lado. Empiezo por un carril bici pero enseguida se me acaba por lo que de allí me voy a la vía principal que me sacará de la ciudad. El tráfico es muy intenso y peligroso. Voy alternando el ir por la calzada a ir por la acera. Lo malo de ir por la acera, aparte de esquivar a los peatones, es que cada vez que se cruza una calle hay un pequeño escalón que con el peso que llevo atrás se nota mucho. De vez en cuando aparece un carril bici. Las calles están llenas de puestos de comida y bebida. Me compro dos empanadillas por solo 30 céntimos. Hay que coger fuerzas.

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Sudamérica en bicicleta.

Febrero 2020.

Tengo el vuelo a Bogotá, Colombia a las cuatro de la mañana. Como no me apetece pegarme todo el día en el aeropuerto y la ciudad no me ofrece nada para pasarlo pregunto en el hotel si puedo coger solo medio día. Sin problema. Menos mal. Aun así tengo que estar un montón de horas en el aeropuerto porque como voy con la bici por ahorrarme un taxi, tengo que estar allí antes de que se haga de noches. A las cinco y media parto para allí. Esta ciudad es caótica. Tiene como un carril al lado de la acera por el que suelen ir motos, bicis y personas e incluso algún coche a veces pero son anárquicos y a veces difíciles de seguir. Hay que ir esquivando puestos callejeros, personas, agujeros en el suelo etc… El aeropuerto lo tengo a 11 kilómetros y se me hacen un poco largos. He puesto el medio pedal que se me cayó pero ha sido un error porque tiene tres tornillos pasados de rosca y se sujeta solo con uno. Se me voltea y se me va enganchando. Tengo la herramienta recogida y no quiero tener que sacar todo para sacarla así que le meto cuatro patadas hasta que se arranca. Al llegar al aeropuerto hay un chaval trabajando allí con las barreras para los coches que me pregunta dónde voy y tal. Es su día de suerte, le ha tocado una bici. Aunque con la de problemas que da esta bici no sé si es un premio o un castigo. Desmonto la parrilla trasera y se la doy. Adiós Muddy fox, compañera de aventuras por treinta años. Y seguro que va a seguir dando guerra. Me da un poco de pena separarme de ella pero la pobre ya ha dado todo de sí. Son casi las siete conque aún tengo nueve horas de espera que se hacen bastante largas. Vuelo con Turkish airline que para mí, junto a Qatar, son las mejores. ¡Nos dan hasta zapatillas de andar por casa! Turkish cobra unos cien euros por llevar la bici en el avión y Qatar te permite 30 kilos entre los cuales puedes llevar la bici. Lo malo es que 30 kilos porque solo la bici ya son unos quince con lo cual es difícil meter todo.

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Cruzando África en bicicleta

Enero 2020

Después de la paliza, principalmente por el sol, de cruzar el parque nacional de Mikumi, estoy reventado. Me hubiera gustado llegar a la ciudad de Morongoro pero no soy capaz de hacer los 65 kilómetros que me separan de ella. Al final paro en un campin a veinte kilómetros de distancia. Llueve un poco y en el camping tienen un sitio con tejado en el que puedo poner la tienda. Pregunto si es posible y me dice que sí. Cuando le voy a pagar me dice que son 10000 shiling más que los que habíamos acordado. Que dormir bajo techo es más caro.
-Pues me llevo la tienda fuera aunque esté lloviendo- le digo bastante enfadado. -¿Dónde la puedo poner?
-No, no, está bien aquí.
-¿Seguro?
-Si, si.
Vamos que lo que quería era sacarme el dinero, que si cuela, cuela. Me sabe muy malo.
Al día siguiente enseguida llego al camping que quería con piscina y Wifi. Pero total que el wifi no funciona. Pero bueno, por lo menos puedo descansar y relajarme que falta me hacía.

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Cruzando África en bicicleta.

Enero 2020

Hoy ha sido un día de los que he disfrutado de verdad. El día amanece nublado, lo que se agradece porque el sol cuando sale pega fuerte y creo que tengo la calva un poco quemada. La carretera gira a la derecha y desde ese momento me meto entre las montañas. El río discurre mansamente a mi derecha. Sus aguas marrones contrastan con el verde de la exuberante vegetación que lo acompaña en su camino al mar. En lo alto de algunas montañas, acantilados cortados a pico rompen la continuidad de la selva. Lo mejor los cientos de baobabs que asoman por todos lados. Y no exagero, los hay a patadas. Hay uno que me llama especialmente la atención. Tiene un diámetro brutal. Me bajo campo a través con la bici atravesando hierbas que me llegan hasta la rodilla para hacerme unas fotos con él. Voy pensando si no habrá alguna serpiente al acecho y por hacerme una foto la acabo cagando. Pero afortunadamente no es así. En las laderas de las montañas también asoman baobabs sobresaliendo por encima de otros árboles. La carretera sigue el rio pero el desnivel es mínimo lo cual hace que no me pueda dejar llevar y tenga que darle a los pedales. La bici parece que ya va fina pero en una ocasión noto como si me hiciera cosas rara, como si me costara controlarla. Y es un pinchazo en la rueda delantera. No tengo ganas de ponerme a arreglarlo así que hincho la rueda y apañado. De vez en cuando tengo que parar a hincharla pero no me importa. Ya la arreglaré cuando acampe.

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